Un recorrido nocturno no es una caminata con suerte. Se elige la quebrada, se camina despacio, y se mira donde nadie mira: el envés de una hoja, la grieta de un tronco caído, el borde del agua.
La linterna frontal deja las manos libres, y las manos hacen falta — para la cámara, para la libreta, y para sostener un animal el tiempo mínimo que se necesita y devolverlo exactamente donde estaba.
Lo que más sorprende a quien sale por primera vez no es lo que ve. Es lo que oye: un bosque de noche no está en silencio, está lleno de cantos que de día no existen.